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En Roma, Industria representaba la diligencia, la perseverancia y la constancia. No era trabajar sin descanso, sino aprender a sostener en el tiempo un esfuerzo ordenado, enfocado y con propósito.

Acueducto romano.
Tomado de: https://es.wikipedia.org/wiki/Acueducto_romano#/media/Archivo:Pont_du_Gard_BLS.jpg
En el mundo del software, la Industria se refleja en los equipos y personas que, más allá de los reflectores o de los grandes logros, hacen que los sistemas funcionen, que los clientes confíen y que los proyectos se mantengan vivos.
Anécdota 1 – El maestro de maestros
Cuando pregunto a mis propios mentores por sus maestros, más de uno me dice: “Durante mi formación profesional tuve un profesor que me marcó para siempre.”
No suelen hablarme de grandes ejecutivos de empresas ni de gurús de Silicon Valley. Hablan de un maestro de aula, alguien que probablemente sigue hasta hoy formando estudiantes en las mismas bancas, con el mismo plumón en mano y con la misma paciencia para explicar un algoritmo una y otra vez. Ese profesor (que tal vez nunca buscó reflectores, ni fundó una startup, ni escribió un bestseller), tiene una influencia que atraviesa generaciones: formó a mis mentores y ellos a su vez me formaron a mí. Y ahora yo transmito lo aprendido a otros.
Cuando pensamos en impacto, solemos imaginar un gran producto o un unicornio. Pero la realidad es que el impacto de este profesor se mide en cientos o miles de desarrolladores que hoy sostienen sistemas, lideran equipos o enseñan a su vez y que, sin saberlo, llevan un pedazo de su voz en cada decisión técnica que toman.
Anécdota 2 – Aportando desde donde se está
Así como un profesor universitario puede transformar generaciones desde un aula, también hay desarrolladores que han impactado al mundo del software desde lugares con pocos reflectores.
En América Latina y otras regiones del mundo existen personas que, desde espacios modestos y lejos de los grandes centros tecnológicos, han desarrollado piezas de software que millones usan sin saberlo.
Está el caso de quienes participaron en la creación de entornos completos de escritorio para sistemas basados en Unix, hoy presentes en varias distribuciones. Su trabajo nació de constancia, visión y disciplina sostenida desde sus propios países
En otros casos, hay ingenieros que durante años han mantenido versiones depuradas del kernel de alguna distribución de Linux, removiendo componentes “obscuros” para garantizar la transparencia y facilitar su auditoría.
Creo que todos podemos ponerles nombres a las referencias anteriores.
Es una labor paciente, silenciosa, sin “likes” ni anuncios rimbombantes, pero muy valiosa para quienes defienden los principios del open source.
Todos ellos muestran lo mismo:
La industria no se trata de un logo en tu currículum, sino de la constancia responsable en tu trinchera. Puedes estar en un aula, en una oficina pequeña o en una comunidad remota: lo que define tu impacto no es la fama, sino la disciplina con la que sostienes tus contribuciones a lo largo del tiempo.
El problema
Nuestra industria tecnológica suele glorificar la innovación disruptiva, los grandes nombres, los unicornios, startups de alto crecimiento.
Pero pocas veces se habla del valor de la constancia: de quienes, sprint tras sprint, mes con mes, despliegue tras despliegue, mantienen la calidad y la confianza de sus clientes/usuarios.
La ausencia de industria se nota en equipos que se desinflan después del entusiasmo inicial o en proyectos que brillan al inicio, pero se apagan por falta de disciplina.
Reflexión – Talento y disciplina
Es probable que alguna vez, en algún partido de fútbol local o incluso estatal, hayas visto a un jugador metiendo tremendo gol (NSFW: busca “gol Filomeno” en YouTube) y te hayas preguntado: “¿Por qué no juega en una liga mayor?”
En la industria del software pasa algo similar: talento hay, solo hay que buscarlo con conciencia.
Todos hemos conocido a alguien brillante, programando, o con un carisma natural para liderar equipos, y pensamos: “¿Por qué no está en una FAANG?”
No hay una sola respuesta:
- Falta de disciplina. El talento sin constancia se evapora rápido.
- Falta de habilidades sociales. Sí, también se necesitan, y mucho. Las habilidades técnicas no sustituyen a las humanas.
- Otras prioridades. Atender responsabilidades/necesidades inmediatas y/o especiales/urgentes. A veces la vida pesa más que el stack más complicado que conozcas.
- No se la creen. Dudan de su propio valor; no apuestan por sí mismos.
- Simplemente no quieren. No por mediocridad, sino porque eligen otro camino.
- Una combinación de estos y otros temas.
La industria no debería juzgar esas decisiones.
El verdadero valor está en la constancia: en quienes sostienen el día a día del sistema sin necesidad de reflectores. La grandeza en el software, muchas veces, está en la disciplina silenciosa de quienes hacen que las cosas funcionen.
Si tú estás en una FAANG o en alguna otra empresa de renombre, felicitaciones: eres ejemplo y motivación para más de 1, aunque no lo sepas.
Si eres de los que desestiman a alguien que está ahí, diciendo: “está ahí por contactos”, “seguro no hace nada”, “pero (ya) no programa”, te invito a reconsiderarlo.
Estar, y sobre todo mantenerse, en una empresa de alto nivel de exigencia no es sencillo.
La reflexión es simple: todo tiene un costo y todos buscamos mejorar. A veces las herramientas, las circunstancias o nuestras propias decisiones nos limitan. Pero la disciplina (ese pequeño acto repetido cada día) termina marcando la diferencia.
En el Istmo
En Juchitán, conocí a un gran hombre, de ocupación campesino, que nunca salió de su tierra, de su milpa, del Istmo. Desde ahí, año tras año, cosechó, compartió y sostuvo a su familia y a su comunidad. Nunca necesitó ir más lejos para acumular sabiduría: la tierra, las sequías, las lluvias, las fiestas y los duelos le enseñaron todo lo que debía aprender.
Cada vez que yo regresaba de la CDMX, intentaba pasar a saludarlo; me gustaban sus grandes charlas llenas de reflexión y sabiduría. Siempre parecía que ya me esperaba: sacaba una butaca (mueble de madera muy común en el Istmo de Tehuantepec), me la ofrecía y hablábamos un par de horas; en esos diálogos trataba de aprender un poco de su serenidad. Al caer la noche, era yo quien terminaba diciéndole que ya tenía que irme.

Butaca
A veces lo encontraba desgranando maíz, otras reparando algo en su casa o cortando flores de guiechachi (flor de mayo). A pesar de la edad, 60 y tantos años, tenía una flexibilidad marcada en los finos movimientos de sus músculos; siempre pensé que así se vería físicamente Don Juan Matus, de Carlos Castaneda.
Algo similar me ocurre cuando pienso en Spinoza, quien (hasta donde se sabe) apenas salió de Ámsterdam y aun así alcanzó una visión filosófica que trascendió siglos y fronteras. Spinoza tuvo a Descartes; de nuestro Don Juan Juchiteco, podemos deducir que, sin duda, también tuvo buenos maestros.
No todos necesitan recorrer el mundo ni llegar a Silicon Valley para dejar huella. A veces basta con la constancia diaria y la fidelidad a lo que uno construye desde donde está.
Algunos prefieren mantenerse disciplinados y constantes desde la sobriedad de la discreción.
Cierre
Industria no significa correr más rápido, sino sostener el paso correcto durante años. Se mide por la confianza de colegas y clientes que saben que puedes entregar.
El código cambia, las herramientas caducan, pero la disciplina de hacer bien tu trabajo todos los días… eso es lo que permanece.
No me malinterpreten: no digo que esté mal entrar a una FAANG, ¡yo mismo espero lograrlo algún día!
Lo que quiero subrayar es que también debemos celebrar la constancia de quienes eligen una trinchera menos vistosa y se mantienen firmes. Creo que ambas rutas son válidas y merecen respeto: la del que escala y la del que sostiene el sistema sin reflectores.
“Constancia y paciencia hacen milagros.” San Agustín
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Omnia sunt communia.
@rugi
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